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AlEMANIA SIEMPRE GANA lA GUERRA

Antonio Espejo Trenas

Willkommen Merkel (Comedia bávara) de Arturo Sánchez Velasco. Dirección escénica: Jaume Pérez Roldán. Ayudante de dirección: Laura Fernández. Interpretación: Ruth Atienza, Verònica Andrés, Àlex Cantó, Juli Disla y Rosanna Espinós. Diseño de iluminación: Ximo Rojo. Espacio sonoro: Luna y Panorama de los Insectos. Escenografía, grafismo y vestuario: Jaume Pérez. Asesoramiento en escenografía: Luis Crespo. Colaboración en vestuario: Cristina Perpinyà. Visuales: Juan Domingo. Caracterización: Mercedes Luján. Fotografía: María Cárdenas. Técnico de sonido y visuales: Jordi Carcelén. Teatre El Musical de València, 9 de diciembre de 2017.

De entre el repertorio de piezas españolas ancladas en la historia alemana, ¿Para cuándo son las reclamaciones diplomáticas? destaca por su precisión y clarividencia. Anticipo de las aniquiladoras maniobras persecutorias del nazismo, don Ramón recrea este suspiro esperpéntico de clara filiación antifascista a partir de la figura de dos gacetilleros ultramontanos que se deleitan en un diálogo grotesco y carpetovetónico, a imagen de los tertulianos que manipulan la opinión de las masas en las radios y televisiones de nuestro tiempo.

En esta ilustre estirpe podría enmarcarse el planteamiento artístico de Willkommen Merkel, el reciente fruto del taller teatral de Arturo Sánchez Velasco. Y no sólo porque el propio título abrace el valor de lo berlanguiano con el de la musa valleinclanesca (comedia bávara, ¿quizás también bárbara?) En la conceptualización de la propuesta del autor castellonense, drama y conciencia se nos descubren en una síntesis perfecta, con una fórmula muy definida que va más allá de otras visiones más documentales y urgentes que han llegado a los escenarios en los últimos años.

La mirada de Sánchez Velasco (una mirada sólida y madura, forjada durante más de dos décadas de sostenida trayectoria) no se conforma, pues, con el reportaje inmediato de los desmanes de la actualidad y profundiza en el espacio del discurso privado, que no discreto. Consciente de la naturaleza frívola y trivial de cuanto nos rodea, sitúa la acción teatral en los rincones de la singularidad mórbida, en el descrédito de la identidad política, siempre desde una perspectiva valiente, nada maniquea. De hecho, resulta imposible no percibir el hilo comunicador entre la sustancia de la corrupción social presente en la obra y las conversaciones habituales que prefiguran (o pervierten) nuestra opinión pública. En la medida en que la ideología de estos personajes-bestias (la niegan, pero no hay duda que la poseen) da fe del absoluto dominio de aquello que Polanyi delimita como «utopía liberal», se hace más trágica la lección de esta gran comedia. ¿O son ustedes del número de los que siguen creyendo que Alemania perdió la última guerra mundial?

No acaban aquí las virtudes de la nueva creación del dramaturgo. Compartimos la opinión de que en sus obras «hay un amor a las palabras que hace imposible eludirlas», algo que justifica sobradamente una próxima edición de la obra. Texto coherente, vivo y rico en matices, una prueba más de que nuestro teatro merece el favor de la lectura, el conocimiento y la reflexión teórica más allá de las representaciones.

Al tiempo, el formato de la producción responde a la experiencia previa de la compañía Herederos de Sánchez-Atienza con la formación de Pérez&Disla. Seis años de carrera de esta última, abierta a importantes proyectos compartidos y premiados como La gente y Legado de C. Un acierto más, puesto que el trabajo conjunto permite acometer el abordaje de creaciones del teatro que deseamos ver en las tablas públicas. Arte sugestivo, repleto de ideas, imágenes propicias para una conciencia colectiva que ayude a combatir la barbarie. No resulta extraordinario, por tanto, que el protagonismo estético derive hacia el patio de butacas: el público en el centro. Si no fuera así, el ejemplo social y catártico de la Comedia bávara no alcanzaría su plenitud.

Ambientación sicalíptica, frases de sirtaki, un timbre teutón claramente identificable y acordes de Lucinda Williams. La apertura perfecta para ilustrar la caótica globalización que nos concierne. Como furtivos surgen los dos primeros personajes, unidos en torno a un estímulo esencial: «el Partido». Parecen recuerdo de los farautes del viejo teatro, aquellos que informaban de la moral de la comedia para aviso del respetable. «El dinero embrutecería el puro placer de la traición», defiende una de las sombras. Esta réplica convierte en acierto lo que podría pasar por puramente circunstancial. Aunque permanezca ajena a cualquier tipo de expiación, la miseria de la fauna popular tiende así hacia la universalidad de los grandes asuntos teatrales. Y ahí es donde todos, incluidos los inocentes e ingenuos, debemos vernos reflejados.

La historia de este inédito encuentro en una docena de escenas provoca una búsqueda inesperada más adelante, donde lo gastronómico se convierte en el símbolo de las relaciones transnacionales de dominio. Así, el monólogo político, puesto en boca de la canciller, evoca de manera fidedigna el modelo totalitarista del pensamiento neoliberal, que se muestra sólo tibio y transigente con «la tiranía temporal que son las elecciones democráticas». Supone, claro, una evidencia más de la perversión del sistema, y las banderas, los frutos de la tierra y la pornografía se fusionan en el escenario para amortiguar el peso insignificante de una previsible disidencia.

Continúa la espera de los heraldos alemanes, mientras Sara y Zambrano disponen la recepción. Ambas conocen al detalle su cometido y no tienen reparos en asumir el papel que les corresponde en el calculado engranaje del poder. Antes del desvelamiento de una de tantas traiciones, sucede la cita imposible entre Angela y un nostálgico François (Hollande), convertido éste en una desquiciante caricatura de la lucha alternativa. Entramos luego a fondo en el tenebroso rincón de las confidencias rastreras y la cloaca corporativa. En el eje textual, un logradísimo diálogo entre la cocinera delegada por Yorgos y la súper líder, plato aderezado con el condimento de los sobornos financieros y una cainita puñalada familiar. Soberbia y exigente interpretación de Juli Disla en el papel de explotada proletaria búlgara, como también Rosanna Espinós en la réplica, caracterizada con aterradora verosimilitud respecto al modelo real de la protagonista. A la misma altura habría que situar el trabajo de Ruth Atienza y Verònica Andrés, las alineadas hermanas que personifican el batallón de castigo de los cínicos claudicantes del sistema. Y, como no, la intensidad magistral de Àlex Cantó en las disquisiciones sobre la cocina mediterránea y la dignidad del pueblo griego, subastado a precio de saldo en el altar de los dioses financieros. Lástima, eso sí, que la fugaz presentación de estos dos días haya impedido afinar y precisar con mayor profundidad ciertos aspectos como el ritmo escénico. Habrá que esperar a una necesaria reposición.

En el remate de la comedia, el desencadenamiento de las bajas pulsiones, un grotesco homicidio y la apoteosis, en cuerpo y alma, de la emperatriz de Europa. ¿Para cuándo, parroquianos y vecinos del Turia, el acto de contrición y el propósito de enmienda que el futuro nos demanda? Bienvenidos sean pronto, que ya toca.