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ESCENAS DE LA VIDA QUE PASA

Antonio Espejo Trenas

Vamos a no llegar pero vamos a ir de Robert de la Fuente. Dirección: Jaume Ibáñez. Espacio escénico: Caterva Teatre. Diseño gráfico, audiovisual y fotografía: Ángela Sales. Música: César Tormo y Jaume Ibáñez. Interpretación: Fernando Soler Roig y Ada Tormo. Peluquería Ruzafa de València, 25 de septiembre de 2016.

¿Puede una pieza teatral de apenas media hora sintetizar el sentido de la existencia humana? Éste es el ambicioso punto de partida de la nueva propuesta de Caterva Teatre, montaje que se incluye dentro de la programación de la sexta edición de Russafa Escènica, en el contexto de uno de los ocho viveros que pueblan la apasionante floresta urbana de este año. Al igual que en convocatorias anteriores, la geografía singular de los negocios y los ambientes del barrio se convierte en escaparate del trabajo de un buen número de compañías valencianas. De hecho, el lema de «Miedos» invita a un paseo por un paisaje impregnado de temas y motivos universales, muchos de ellos relativos a la más ignominiosa actualidad (pensamos en La oscuridad de El PerroVerde, obra articulada en torno a la realidad del exilio en la reciente historia europea).

Nuevo ejemplo de teatro breve, que no teatro menor. Y ello se sobrentiende por el hecho de que Caterva, como compañía estable con una cierta trayectoria, haya superado a estas alturas más de un reto con sobrada suficiencia. Una joven formación que ha sabido aprovechar, desde una versatilidad constante, los recursos interpretativos y dramatúrgicos de sus tres miembros. En esta ocasión, a partir de una creación textual de Robert de la Fuente, Fernando Soler se ajusta de manera rigurosa a las directrices escénicas de Jaume Ibáñez, quien ha resuelto magistralmente las limitadas posibilidades que ofrece el local comercial donde se inscribe la propuesta. Al equipo habitual se une la figura de Ada Tormo en la interpretación, con una solidez constante en todos los personajes afrontados. En efecto, si tuviéramos que destacar alguna virtud, ésta sería el equilibrio en el modo de actuación del tándem Soler-Tormo, que alcanza un nivel de complementariedad más que digno, algo de lo que habrá tomado nota el grupo y que, con seguridad, generará futuras colaboraciones.

Pero los aciertos no acaban aquí. El esquema textual nos plantea seis escenas, seis cuadros íntimos y fugaces que se concatenan gracias a la armónica disposición de determinados elementos. Es el caso de la escalera que, en sus dos planos de realidad y evocación (planta baja y altillo), marca las transiciones entre las partes, u objetos icónicos como la decoración festiva y el pequeño pastel de cumpleaños, precisos referentes de inequívoca simbología en el artefacto teatral. También lo es la pizarra en que los personajes van anotando sus vivencias desde la niñez hasta la senectud, de los 9 a los 80 años, como asimismo lo son las postales donde aparecen sus rostros, en un cómplice juego distanciador.

Por medio de una cuidada arquitectura compositiva, el planteamiento tragicómico de la obra analiza la clave temática del festival, al considerar en su tesis que «[el miedo] nos acompaña de por vida». Sensación, amenaza y espectro que condiciona el devenir de cualquier mortal, y que para Caterva se materializa en el rol masculino de Fernando, trasunto artístico del propio actor gracias a un particular giro de naturaleza pirandelliana. Desnudar el alma ayuda a combatir los temores, para qué negarlo, aunque éstos cobren un confuso aspecto en el transcurso de la vida. De un modo más o menos amable, podrían concretarse en un temprano amor preadolescente, en la consulta privada de una logopeda o en la emancipación de los hijos, pero resultan casi insalvables, alienadores diríamos, cuando la formación de nuestros jóvenes se pone a prueba y su dignidad resulta ridiculizada en el sumidero de un mercado que sólo entiende de cifras y rentabilidad. Es el signo de los tiempos.

¿Qué nos queda, pues, si tan inminente parece la victoria de la apatía y la resignación? El teatro, por supuesto, el emocionante ejemplo de aquellos que nos precedieron, que en el espectáculo se evidencia en algunas réplicas iluminadoras de Así que pasen cinco años. Con tan sólidos pilares, el edificio en construcción que apuntala el proyecto escénico de Caterva merece, sin discusión, un fructífero porvenir.