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Síndrhomo

José Vicente Peiró

¿Qué podemos hacer?

La autora, nacida en Argentina, Iaia Cárdenas nos ofrece ‘Síndrhomo’, un trabajo sobre la supervivencia tomando como marco el espíritu de la ciudad de Valencia en este mundo en crisis en todos los sentidos, amenazada por una gran plaga tras haber perdido su identidad y su paisaje tradicional de huertas y casas familiares a cambio de un urbanismo y un progreso caótico. Con ella intensifica su estilo iniciado en su opera prima ‘La teta calva’, nombre que dio origen a su compañía valenciana formada junto a Xavo Giménez, el autor de ‘Penev’ y ‘Llopis’, y posteriormente por ‘Happy meal’ y ‘Adiós todavía’, con el que obtuvo el Premi Ciutat d’Alcoi en 2013.

Con influencias del ‘teatro ebrio’ de Paco Zarzoso, donde un apunte textual repentino y sorprendentemente sin leyes lógicas da un giro a la acción. Cárdenas nos plantea una tragicomedia de tonos farsescos contemporáneos, que amplía su obra corta homónima estrenada en el festival ‘Cabanyal Íntim’ de 2015. Retoma la historia de dos hermanos, pertenecientes a una familia desestructurada, un tema que tanto le gusta a la autora. Él y ella. Él, Rómulo, sufre el síndrome de Diógenes: vive supuestamente solo y habla con su madre fallecida, mientras acumula chatarra y se deja abandonar. Después de un primer monólogo a una lámpara colgada, su madre imaginada, aparece su hermana, Gloria, abandonada por su marido, a punto de perder la custodia de su hijo, y con delirios de persona de la alta sociedad aspirante a esquiar en Sierra Nevada, gracias a su sueño de obtener un premio en un juego de azar. Pero al final surgen las dudas y las preguntas: ¿Venderlo todo y sobrevivir? ¿O destruirlo todo con el sabotaje? 

En este diálogo de opuestos en una zona gris, tumultuosa y abrupta, la aparición repentina de Nevia da un giro al argumento, en un momento magistral donde Gloria ha cruzado la escena para intentar que Romualdo le abra la puerta de la casa después de haber ido a comprar comida basura. Surge el miedo a lo desconocido. Pero resulta que Nevia con sus paranoias de acento argentino enervará a la hermana mientras apoyará el juego del ejército de seres cotidianos que el hermano construye para atentar en la ciudad desde redes clandestinas, empezando por las iluminaciones de las fallas de Ruzafa, para que comience una nueva era. Un personaje entrañable y que, si bien es determinante en el conflicto, suele mantener sus distancias para provocar distintas reacciones a los hermanos.

Los tres actores están soberbios, aunque me sorprendió Merce Tienda por su furia interpretativa y su variedad de registros utilizados. Es una interpretación fascinante que llega al espectador con su fuerza ejemplar, hasta el punto de dejarlo noqueado. Transmite con tanta energía su choque con el universo de locura en el que se ha instalado al visitar a su hermano, que no queda más remedio que participar de su estado de perplejidad sin que lo puedan evitar ni el vino ni el diazepam. Un papel que podría ejecutarse de forma desastrosa en cualquier momento si no existiese la capacidad de alternar las emociones y los sentimientos en el despliegue de los diálogos.

La sobriedad y la expresión facial de Manu Valls, a quien vimos en ‘L’últim de Cary Grant’, sobre todo en su aventura con el destornillador y los artilugios electrónicos putrefactos, comunican la fascinación de lo extraño. Pero el personaje que cambia todo, el de Leo de Bari, es el gran cautivador. Para no desvelar sorpresas, mejor no decir más de él. Simplemente determinante, divertido, sagaz, provocador y generador de incidentes. Sus intervenciones cruciales determinan puntos de inflexión en la trama, además de resolver cuestiones plenamente simbólicas que dan brillantez al texto. Ay con el argentino, con sus salidas heredadas del mejor gracioso contemporáneo sin caer en su deformación esperpéntica o en la banalidad. Un enorme embaucador de los hermanitos y del espectador.

El juego dialéctico entre la racionalidad de una víctima familiar y social como Gloria y la irracionalidad de su hermano, locura y razón, en una sostenida pugna psicológica, provoca un desconcierto que en ocasiones divierte con gags cómicos inteligentes, sin perder el dramatismo y la capacidad de hacer pensar en el camino incierto de las personas en nuestra sociedad. El ritmo inicial va creciendo pero de forma muy graduada, hasta dar una dimensión de fuga musical. No le interesa a Cárdenas y a la inteligente dirección de Xavo Giménez el dar un dinamismo alocado sino contenerlo para no caer en una locuacidad exhibicionista. 

Entre ingeniosos luces tenues y juegos con lámparas, muy acordes a la ambientación, y con un tono sombrío que matiza las situaciones escénicas en paralelo, el conjunto desarrolla de forma agónica el cambio social existente, la supervivencia personal y la dialéctica entre verdad y fantasía mental como clave del conflicto planteado. Toda una filosofía sobre nuestros tiempos donde lo social está presente en el teatro con planteamientos que agudizan la realidad hasta implicarla en los infiernos de lo suprarreal.

Así, Cárdenas subraya estos personajes víctimas de un mundo que esperan que salte por los aires, con el enfrentamiento entre los hermanos en primer plano. La obra, nacida de una situación concreta de destrucción del barrio del Cabañal y sus signos de identidad antes de las elecciones locales de 2015, posee entrañas y vida. Su hiperrealidad es signo de las faltas de esperanzas y dudas de nuestro tiempo y de nuestra ciudad, cuyos usos y costumbres absurdos están en el fondo del desarrollo de la trama. ¿Es posible una revolución o sólo tomar una decisión antisocial? ¿Es mejor el aislamiento y la huida que la acción? ¿Se pervierten los modos de existencia? El final abierto nos deja estas preguntas al público.

‘Síndrhomo’ merece la pena porque te imbuye y te atrapa con su fondo de pasodobles festivos. El apocalipsis o el caos. Esa lucha entre los infiernos interiores y la salida a la vida es un placer.

Y una apódosis condicional: un año después del fondo de la situación, ¿creemos que ha cambiado la realidad yacente en ‘Síndrhomo’? Cuando se sigue esperando, es difícil que nuestro tacto haya percibido la mayor parte de los posibles cambios. La sustitución de la destrucción por la dispersión no siempre da frutos. Sabemos que cantidad no es sinónimo de calidad.