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(Irène Sadowska Guillon) En su última obra, Reikiavik, Juan Mayorga retoma los temas que sostienen toda su obra: la relación de los acontecimientos históricos y políticos emblemáticos de los conflictos mundiales con nuestro presente, el teatro, el encuentro entre ficción y realidad; la ausencia de identidad y su invención.

“No somos más que los ojos que nos miran”, dice en la obra. Pero, al mismo tiempo, somos los actores de nuestra propia ficción. La obra de Mayorga se inscribe en el linaje de un teatro shakesperiano, para quien el mundo es una escena; calderoniano, para quien la vida es sueño; cervantino y pirandelliano, donde la ficción se impone como realidad. Bailén y Waterloo, los protagonistas principales de Reikiavik, son también primos de Vladimiro y Estragón de Beckett.

En Reikiavik, Juan Mayorga hace interferir varias capas de lectura pasando por la metáfora de la confrontación de dos grandes maestros de ajedrez y por la referencia al teatro. Reikiavik no es una obra histórica, aunque pone en juego el partido del siglo: el Campeonato del Mundo de ajedrez en 1972 en Reikiavik –en plena “guerra fría”–, que oponía al americano Bobby Fischer y al ruso Boris Spassky. Este evento mundial fue en realidad un enfrentamiento en la cumbre de dos bloques: Este y Oeste, comunista y capitalista. La obra convierte la ficción teatral en un modo de “jugar a”, encarnando el papel de unos personajes históricos.

A través del cara a cara entre dos iconos del juego de ajedrez, Bobby Fischer y Boris Spassky, se encuentran dos posturas ideológicas y políticas. Las rivalidades, basadas fundamentalmente en la conquista del espacio de dos potencias del mundo: los Estados Unidos, líder del Occidente capitalista, y La URSS, con sus satélites del Este de Europa. Sobre el tablero de Fischer y de Spassky se jugaba la supremacía política mundial de una de estas potencias. Las dos estaban debilitadas en aquella época. Una por la guerra del Vietnam y los disturbios sociales interiores; la otra, por los intentos de liberación del yugo soviético en Hungría, Polonia y Checoslovaquia. Los ojos del mundo fijaban su mirada en Reikiavik.

 

Los dos protagonistas del Campeonato son emblemáticos de dos bloques opuestos: Spassky representa los intereses del régimen soviético, donde el individuo no significa nada. Fischer es un hombre libre, rebelde, cuyos únicos ideales son el ajedrez y el dinero, su meta es enriquecerse. Uno se somete a la estrategia política de su país, a las reglas del combate; el otro, impone sus propias condiciones.

La derrota de Spassky fue un golpe terrible para el Kremlin. La URSS había sido hasta el momento líder absoluto del juego de ajedrez. El memorable campeonato dobló las campanas por las carreras de los dos campeones, víctimas de la “guerra fría”, que se convirtieron en apátridas. Spassky cayó en desgracia, consiguiendo exiliarse a Francia sin jamás recuperar su fama de maestro. Fischer, caprichoso y arrogante, acabó mal, despojado de su nacionalidad estadounidense. Después de vagabundear por el mundo, murió en 2008 en Reikiavik.

Mayorga convoca el mundo del pasado. Reikiavik en 1972 es un punto neurálgico. El espacio se presenta como un lugar neutral y poético al mismo tiempo, un parque que se transforma en una escena de teatro en la cual los tres protagonistas van a formular un encuentro de la historia con el presente.

Dos hombres, grandes aficionados al ajedrez, improvisan como si fueran actores representando el combate en 1972 en Reikiavik entre Bobby Fischer y Boris Spassky. Sus nombres se refieren a dos derrotas definitivas de Napoleón: Bailén en España en 1808 y Waterloo en 1815, que fueron el “jaque mate” de su ambición imperialista. Tienen un único espectador, un colegial a quien van a transmitir al mismo tiempo la memoria de esta historia de 1972 y la pasión hacia el ajedrez.

En su puesta en escena, Mayorga juega con el pasado y el presente, combinando sin cesar la partida de ajedrez de Fischer y de Spassky con la representación que hacen de éste Bailén y Waterloo. Los tres actores encarnan a la vez a los personajes del presente y a algunos protagonistas históricos de este Campeonato en Reikiavik.

En el centro del escenario, una mesa con dos bancos de hierro como los de cualquier parque. Sobre el tablero esbozado en la mesa algunas piezas de ajedrez negras y blancas. Al fondo, una pantalla sobre la cual se proyectan imágenes que marcan el desarrollo de la acción.

La imagen de un parque con un muro desgastado cubierto de grafitis en el principio del espectáculo vuelve de nuevo al final, cuando el joven colegial retoma el papel de Spassky. Momento en que los dos protagonistas Fischer y Spassky, aparecen resumiendo el ambiente de Reikiavik: frío, lluvioso, con viento. Cuando el ruso hace alusión a la conquista de la luna y a los caballos de Islandia, se proyectan las fotos de astronautas entrenándose y de caballos.

Estas imágenes, como las que sitúan la suite de Spassky, las habitaciones de la delegación que le acompaña y la de Fischer, son redundantes con el texto y más, limitan el espacio de la imaginación del espectador. De la misma manera, en algunos momentos los efectos sonoros son inútilmente ilustrativos.

Más pertinentes son las proyecciones de los resultados de las sucesivas partidas de ajedrez o de la sala donde tiene lugar el Campeonato con fotos en las gradas de personajes históricos: Marilyn Monroe, John Kennedy, Jesucristo, Lenin, Napoleón, Che Guevara, etc.

Los trajes actuales evocan al mismo tiempo los de los años 70. Waterloo en el papel de Fischer llega con un abrigo y un traje un poco usado, con un carrito de compras del cual va a sacar su gorro. Bailén (Spassky) en traje y corbata, bastante estricto, sombrero, y llega con una maleta de ruedas. El colegial lleva prendas de los jóvenes de hoy y una mochila. Los tres actores pasan instantáneamente de un personaje al otro cambiando solamente un elemento del vestuario o de su apariencia. Así, por ejemplo, el actor Spassky, para hacer el papel del maestro de ajedrez que acompaña a Fischer, se pone una bufanda blanca. El actor Fischer, para representar a Nicolás, acompañante de Spassky, se pone las gafas y se quita el gorro. Los actores esbozan un personaje con solo unas posturas y gestos evocadores o paródicos.

Spassky, las piernas sobre la mesa a la americana, es Kissinger llamando a Fischer. Fischer recibirá también mensajes de diversas personalidades americanas: Frank Sinatra, Walt Disney, etc…

La actuación, separada del realismo, recurre a la evocación, a las imágenes poéticas, metafóricas. El combate de los campeones iniciado por algunos movimientos de las piezas de ajedrez en algunos momentos se convierte en un combate de boxeo.

El espectáculo  acaba con una escena bellísima, imagen de continuidad y de transmisión de la memoria. Waterloo / Fischer va ofreciendo con un gesto testamentario al colegial el libro, relato del famoso combate de Reikiavik. El combate va a seguir: el colegial se pone el sombrero de Spassky para interpretar su papel, cuando Bailén / Spassky se pone el gorro de Fischer. Este nuevo protagonista del combate tendrá por nombre prestado Leipzig, una referencia a la Batalla de las Naciones en 1813 donde el ejército napoleónico fue aplastado por el de una coalición de países europeos.

Si bien Juan Mayorga tiene algunos progresos por hacer en el arte de la dirección, es un maestro incontestable de la construcción dramática, articulando con una precisión y una coherencia absoluta la historia y el presente, focalizado en acontecimientos emblemáticos. En total, un gran teatro del mundo.