Tweets de Editorial Episkenion @Episkenion

MULÏER O LA VOZ DORMIDA (EN-CERRADO)

José Vicente Peiró

Mulïer. Idea y dirección: Joan Santacreu. Dirección Coreográfica: Mamen García. Dramaturgia: Roser de Castro. Intérpretes: Laia Sorribes, Melissa Usina, Esther Latorre, Ana Lola Cosín, Emma Romeu y Paula Quiles. Teatro Principal.

Cuando asistimos a la representación de Mulïer al aire libre en la plaza del Patriarca en abril del año pasado dentro del festival ‘Dansa València’, escribimos que Maduixa Teatre, compañía de Sueca, unía el espectáculo callejero y la danza, con cinco intérpretes femeninas sobre zancos negros vestidas de gris, símbolo del oscurecimiento social de la mujer a lo largo de la historia. Y lo había hecho con brillantez y éxito ante el numeroso público congregado y expectante, con una obra que arrancaba del corazón una sensación de opresión finalmente liberado en una suerte de explosión de catarsis.

Dijimos que, técnicamente, Mulïer era perfecta. Para disfrutarla y emocionarse con su poesía visual había que dejarse llevar por el movimiento de las intérpretes, sobrias en sus juegos corporales, y atender a las miradas y gestos, incluso a los susurros. La idea de Santacreu era osada e iba al límite del equilibrio en la danza con expresividad, vigor, plasticidad, sensibilidad y lirismo.

El trabajo rinde homenaje a la mujer oprimida durante siglos y es una defensa de su libertad y su derecho a disfrutar de la vida. La penetración en la identidad femenina está muy lograda gracias al elemento mímico generador de imágenes, subrayándose su fortaleza. Empujada por la inquietante composición musical de Damián Sánchez y la elocuente dirección coreográfica de Mamen García, la narración funciona como relato social tanto como reivindicación femenina.

Rubricamos la reseña de prensa con estas palabras: “noquea al espectador y lo conciencia. Por algo obtuvo el premio Moritz de la Fira de Tàrrega al mejor estreno”. Era una manera cabal de recomendar un espectáculo que había llegado al alma de los asistentes y que más que concienciar hacía sentir partícipe de una forma de vida solapada y oculta bajo la máscara social impuesta. Por eso, Mulïer es un símbolo de liberación y de esperanza de que la mujer pueda gozar de la vida en plenitud.

 Han pasado nueve meses de aquella representación y han sucedido muchos acontecimientos positivos para la obra y para Maduixa Teatre. El más importante quizá haya sido la consecución del premio Max, precisamente en la gala celebrada en el Palau de les Arts de Valencia. Pero no podemos olvidar que su éxito les ha llevado a representar el espectáculo en numerosos lugares y siempre con repercusión. Sin duda, corona la idea de que Santacreu ha ideado un espectáculo genial y un buen estandarte para nuestra danza, junto a otros como Ananda Dansa o Yoshua Cienfuegos. Ya ha quedado para la posterioridad el baile de las cinco mujeres con zancos vestidas de gris, y será imposible no recordarlo en el futuro y cuando veamos alguna propuesta de este estilo.

Después de la versión de calle, ha llegado ahora al teatro Principal de Valencia una adaptación para sala, demostrando que lo ideado para la calle puede tener cabida también en los grandes escenarios. Despertaba  mucho interés comprobar las variaciones ideadas por Santandreu y Mamen García en quienes sí tuvimos la fortuna de haber disfrutado con uno de los mejores espectáculos callejeros que hemos presenciado. Y naturalmente, entre quienes no la había contemplado. Sin duda, ellos iban a tener una visión distinta a la de quienes ya veníamos “contaminados” por la versión original.

La versión para sala mantiene los temas y subtemas en sus cuadros. Continúa siendo una defensa del libre albedrío de la mujer, de sus deseos, de su vida interior invisible frente al dominio machista social, invitándola al gozo sincero. Se ha ensanchado en quince minutos, lo cual obliga a ajustar los temas a una mayor extensión siempre adecuada. Los principales cambios los apreciamos en la estructura y en la iluminación, además del aporte de humo de forma comedida en algunas secuencias, que ambienta a la perfección las abstracciones del montaje.

En cuanto a la estructura, si en la versión callejera el despliegue era un continuum en progresión, aquí se aprecia mejor la división de las secuencias del montaje. En aquella el ritmo era sostenido y frenético, incluso in crescendo en las partes finales, mientras que en ésta se construye más o menos con una acumulación de cuadros. Aquella posee un ritmo muy dinámico, mientras que la de sala ofrece mayor racionalidad, un impulso más cerebral, dentro del carácter metafórico y sensitivo de cada coreografía.

La música de Damián Sánchez crece en el montaje de sala. La banda sonora quizá incluso podría editarse para consumo. Su expresividad no camina hacia el golpeo al espectador, sino puramente a la descripción abstracta de las propias secuencias. Pero si hay algo que cambia el signo del montaje es la iluminación del experimentado Ximo Olcina. Los juegos de las intérpretes con ella están muy bien ideados. Las luces no sólo crean ambiente, sino que establecen un diálogo con el conjunto, el espacio y las actrices, y con el propio espectador a la hora de transmitir las sensaciones. Sin duda, una de las más comunicativas iluminaciones de danza que se pueden presenciar.

Alguna que otra repetición de movimientos que en la calle podría parecer excesivamente reiterativa, en la versión de sala produce el efecto contrario, debido quizá al apoyo técnico y, sobre todo, a la permisividad ofrecida por la amplitud del escenario y la posibilidad de contemplar con mayor atención y sin distracciones los juegos geométricos de los cuadros y sus variaciones.

¿Y qué decir de las cinco intérpretes? No se aprecia el cambio de la dificultad del dominio técnico de la calle a la sala. La fuerza de aquella se ha convertido en pulcritud y una construcción perfecta en la comunicación. Escenas como la del parto impresionan por su fortaleza, de la misma manera que el dibujo del trabajo maquinal o la oposición entre la cara risueña a un lado y la indignación hacia el otro, por citar solamente algunas, demuestran que es posible construir un mensaje directo y diáfano a partir de la composición abstracta de la danza callejera. Aunque he de reconocer que la interpretación de Laia Sorribes destaca por su expresividad y su amplitud de movimientos individuales, sin sobresalir del conjunto (y ahí está su mérito).

El rigor de esta versión para sala de Mulïer también será recordado. Uno de los grandes espectáculos que ofrece nuestra tierra. Una brillantez que reluce dentro del ambiente oscuro planteado. Aunque para quienes hayan visto la versión callejera carezca de la capacidad de sorpresa que tenía y de los golpes al espectador, la amplitud de ideas y dirección de Santacreu, la pulcritud y la gran construcción geométrica de las coreografías de Mamen García, permutando hacia lo más íntimo lo externo, permiten decir que el montaje ha crecido, y no sólo en duración. Vale la pena volverlo a ver porque se ha engrandecido. 2017 fue el gran año Maduixa. Larga vida.

Y personalmente, como rúbrica de esta “no crítica”, confieso que es difícil salir tan lleno de un montaje. Porque la invisibilidad social femenina  a lo largo de la Historia, que la ha relegado a un espacio subordinado a pesar de nacer libre y para gozar, sigue siendo un problema a pesar del paso de los años. Hay mucho por hacer en el ámbito interno o externo, sin que debamos detenernos en cuestiones superficiales sino ir a la raíz de los problemas. Es lo que nos enseña Mulïer, que no es sólo un grito de liberación sino un ataque a todo tipo de genuflexión.