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Aun a riesgo de contravenir el criterio habitual de la crítica en nuestra ciudad, queremos reclamar la atención para uno de esos montajes que suelen pasar desapercibidos en las columnas de la prensa especializada. Seamos fieles, ante todo, al espíritu de la publicación que nos acoge. Faltaría más. Y no entiendan el argumento como un reproche al trabajo de nuestros preclaros teóricos valencianos, pero tengo el convencimiento de que ni el instante en que nos hallamos (el final de la temporada) ni la naturaleza de las propuestas en que pienso (el resultado de un taller o curso dramáticos) juegan a favor de la recepción de tales piezas. De ser así, su silencio constituiría un episodio imperdonable, ya que la madurez y solvencia de algunos de los espectáculos que hemos presenciado en las últimas semanas superan todas las prevenciones en este sentido. Basta con traer aquí, como ejemplos imprescindibles, las recientes presentaciones de Marlow y Ni noble, ni buena, ni sagrada: Bankia, proyectos colectivos coordinados respectivamente por Eva Zapico y Paco Zarzoso en el marco de la programación anual de la Sala Ultramar. Experiencias que, lejos de encuadrarse en un mero producto de didáctica teatral, se definen en cuanto singulares aportaciones que enriquecen la fértil y multiforme escena actual.

Precisamente, el espectáculo que nos ocupa es el fruto de un seminario anual impartido en la Escuela Off que, por cuestiones peregrinas, se ha estrenado en el local de la calle Alzira. Un contratiempo convertido en virtud si pensamos en la trayectoria del artífice del trabajo, José Zamit, gran conocedor de las ricas posibilidades de la Ultramar. Jugar en casa es un factor que beneficia a cualquiera, pero no todo va en ello. Son de agradecer también la audacia y el conocimiento de un oficio (oficios, en el caso de Zamit), que quedaron contrastados hace bien poco gracias a su decisiva intervención, desde una triple vertiente de creador, intérprete e iluminador, en el montaje de Bankia.

A más de media centuria de su estreno absoluto, la obra de Peter Weiss admite multitud de lecturas, así como un número extenso de procedimientos dramatúrgicos. Esta nueva revisión del autor alemán transita, a mi juicio, por dos sendas claramente definidas. La más diáfana, la dimensión política, aquella que vincula la dialéctica irreconciliable de los referentes históricos con la actualidad más próxima. No es gratuito que, en la distancia de una década y a propósito de la presentación de la pieza en el Teatro María Guerrero de Madrid, Alfonso Sastre (autor de la versión más conocida en nuestra lengua) hablara de la ligazón del drama con la respuesta social a la cuestión palestina y la guerra de Irak. Es lo que ocurre cuando un artefacto artístico entra en el ámbito de lo que denominamos tradicionalmente como clásico. El tiempo pasa, pero la barbarie prevalece. Para Zamit y su tropa de jóvenes furiosos, el mensaje es más que evidente. Y lo demuestran con varias intervenciones directas en el texto teatral, un terapéutico ajuste de cuentas con los prebostes más cínicos de la crónica parlamentaria del día. Para no olvidar.

Más de un elemento nos habla de esta lucha de contrarios que conduce, de manera irresoluble, a una lección histórica (¿y, por qué no, ética?) Weiss lo afronta desde una perspectiva magistral, a base de un procedimiento sostenido y climático que nos recuerda, un siglo mediante, el enfrentamiento crepuscular entre el obispo y el diputado de la Convención en Los miserables. Aunque el origen creativo sea disímil, puesto que Victor Hugo encuadra su imponente escena en la época postnapoleónica, la conclusión es convergente: la Revolución Francesa es uno de los capítulos trascendentales para el devenir humano. Si en algo supera Weiss al episodio narrativo del autor de Hernani es en haber sido capaz de construir su universo teatral a partir de un doble filtro de representatividad, donde una caterva de alienados sostiene la pesada carga de inmortalizar a las masas y los sujetos activos de la historia contemporánea.

Respecto al segundo camino, no debe obviarse tampoco que la obra responde a lo que el propio Sastre define como “un viaje metafísico hacia la muerte”. De este modo, la tragedia de Marat intima con la debacle de la humanidad, abocada a una paradoja constante entre los ideales y la acción. Un conflicto que transforma en universal el destino de la revolución y sus actantes.

Sin ambigüedad, el planteamiento axial de Zamit parte de tales principios y los adapta a las necesidades y posibilidades del proyecto. Aunque forzadamente se opta por prescindir de grupos corales como los enfermeros o la figura de Coulmier y su familia (presentes en la versión original y que sólo aparecen vislumbrados en algunos desdoblamientos, como en la proclama de Marat ante la Asamblea Nacional), la actuación del conjunto se desarrolla de manera equilibrada en torno al duelo interpretativo de Julia Suay e Ilion Trebicka, quienes afrontan con valentía la recreación de los protagonistas. En el modo interpretativo del resto del elenco, sometido a una tensión constante entre los polos complementarios de la estética artaudiana (perceptible en la caracterización hipersexual de varios personajes) y la disciplina de signo brechtiano, cabe apuntar muy pocos reparos. Quizás, alguna réplica de inevitable sobreactuación, solventada por la fuerza de momentos de un lirismo provocador como el que coincide con la sacrílega inversión satánica del “Padrenuestro”, homenajeada recientemente en el perturbador “Ave María” de Angélica Liddell en Maldito sea el hombre que confía en el hombre.

Si a ello unimos una ambientación musical notable y un inteligente aprovechamiento del espacio escénico, inundado de lemas e invectivas revolucionarias (se convierte, así, en un personaje más del drama), el resultado es más que satisfactorio. Sólo esperamos que nuestro público y el de futuras generaciones sigan acudiendo sin falta a la provechosa e iluminadora velada del sanatorio de Charenton.