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(Irene Sadowska Guillon) En Madre Coraje, su obra más potente y profética escrita entre 1937 y 1938, Bertolt Brecht desarrolla la problemática de la fatalidad y la paradoja de la guerra: la guerra como mercado, fuente de supervivencia y de comercio y al mismo tiempo una máquina de matanza y de destrucción.

"La guerra necesita descansar unos momentos para retomar aliento y empezar de nuevo" dice un soldado, para consolar a Madre Coraje que se lamenta de la ruina de su negocio en un breve momento de paz.

Unos viven o sobreviven gracias a la guerra; otros, pierden la vida en ella.

La pequeña empresa móvil, la carreta de Anna Fierling, llamada Madre Coraje, es un arquetipo del gran mercado actual globalizado de suministros para la guerra que prospera como nunca.

Al escribir Madre Coraje en vísperas de la II Guerra Mundial y presintiendo su amplitud y su potencia de destrucción, Brecht se sirve de la parábola histórica de la Guerra de  los Treinta años (1618 – 1648), una "guerra santa" que incendió a casi toda la Europa.

Lo que estaba en juego en esta guerra santa era el establecimiento a la vez de la hegemonía del Santo Catolicismo Apostólico y Romano opuesto al protestantismo y del Sacro Imperio Romano y Germánico. No se puede olvidar que el Sacro Imperio Romano y Germánico fue llamado a partir del siglo XVI y hasta el siglo XVIII el "Primer Reich".

Las ideologías y las religiones totalitarias y sangrientas no desaparecen nunca pero se transforman. La bestia inmunda, como dice Brecht, renace siempre.

Ricardo Iniesta quien se había enfrentado ya en 2006 a La Opera de tres centavos con los mismos actores, aborda Madre Coraje "como metáfora de la sociedad actual con el culto del mercado, de la propiedad, la corrupción, la explotación de los más débiles."

Al contrario del comercio de Madre Coraje este mercado cínico globalizado de hoy se desarrolla en el ámbito de guerras salvajes que forman una tercera guerra mundial no declarada en que se conjugan las luchas religiosas, económicas y políticas.

En su puesta en escena Ricardo Iniesta no actualiza ni transpone la obra de Brecht, sino que nos propone de ella una visión intemporal y destaca los paralelismos entre la época de Anna Fierling y la nuestra.

Podría decirse que la heroína de Celestina, que Ricardo Iniesta estrenó en 2012 y Madre Coraje son hermanas, maestras las dos en el comercio sucio y en los engaños. No tienen principios morales, la supervivencia (especialmente en la guerra) lo justifica todo.

¿Con qué criterios éticos juzgar a esta mujer audaz que asume todos los riesgos, engañando a todos para hacer prosperar su negocio y proteger a sus tres hijos?

Anna Fierling que no para de atravesar la Europa en ruinas y de pasar de un campo beligerante al otro, es una especie de pícaro. En fin, admiramos sus astucias, su impertinencia, su fe en sí misma, su resistencia y su fuerza para sobreponerse al dolor de perder a sus hijos, uno tras otro, víctimas de la guerra que para ella es también su forma de alcanzar la prosperidad.

¿Qué significa la dignidad cuando la guerra impone sus condiciones?

Ricardo Iniesta, formado en el Berliner Ensemble por los discípulos de Brecht, se inspira en su puesta en escena en la práctica brechtiana, entre otras cosas en su concepción del escenario, la cercanía de los espectadores, incorporados en unas escenas a la acción, el cambio de elementos de  vestuario a la vista del público.

Su espectáculo tiene algo del teatro de tablado de feria. El escenario evoca un paisaje devastado.

En el fondo de la escena un alto valle, alambradas, referencia a las fronteras y diversos muros o líneas de demarcación en la actualidad que los refugiados de múltiples guerras intentan pasar.

En el inicio del espectáculo se ve a unos hombres trepando esta valla, intentando pasar al otro lado. En algunos momentos se ve a personajes que pasan por detrás de esta valla.

Los actores aparecen con unos objetos disparatados: maletas, zapatos, pan, sartén, gorros… señales de un mundo de errancia y de miseria a causa de la guerra. Un acordeón, instrumento portátil, popular, será compañero del viaje de Madre Coraje con su familia. Es sobre todo compañero de Katarina, la hija muda de Madre Coraje, que se expresa tocando el acordeón.

La miserable carreta con los bienes y la mercancía de Madre Coraje servirá en unas escenas de elemento de decorado instantáneamente transformable, desmontable, para sugerir diferentes espacios y situaciones más íntimas.

Las escenas sucesivas son introducidas por los actores que indican mediante un micrófono suspendido el paso del tiempo y las estaciones del itinerario de Madre Coraje.

Ningún realismo en la puesta en escena. Ricardo Iniesta procede siempre mediante la  evocación, la sugestión, las imágenes esbozadas. Amplifica el papel dramatúrgico de la música, del ámbito sonoro y de las canciones interpretadas en directo por los actores acompañados por el acordeón en diferentes idiomas: checo, español, alemán.

A través de estas referencias lingüísticas, la declinación del ritmo de marcha y evocaciones de músicas de Europa central, Iniesta retrata una cartografía sonora de la extensión de la guerra y del recorrido de Madre Coraje que atraviesa Europa. El ritmo de la canción final se acelera reflejando así la proliferación de las guerras.

La llegada de la carreta a escena está precedida por un especie de prólogo-pantomima en el que los actores bailando y cantando juegan con diferentes atrezzos: gorros, pan, sartén… como si se preparasen a encarnar a los personajes.

Ricardo Iniesta toma partido por el teatro que se hace a vista de todos. Los actores que no participan en unas secuencias se sientan entre los espectadores mirando con ellos  lo que sucede en el escenario. Con virtuosismo, Iniesta contrasta el humor, el ridículo, con el horror de unas situaciones y el dolor indecible de personajes expresado de manera visual a través gestos e imágenes conmovedoras. Así, por ejemplo, un flash de luz roja enfocado sobre el hijo ahorcado de Anna. Otra imagen potente: cuando los soldados le llevan a Madre Coraje su hijo muerto; su dolor es tan intenso, tan violento, que se queda muda y cae de rodillas en un círculo de luz con la boca abierta, sin voz, como en la pintura de Munch El grito.

En el mismo momento, en el silencio, un sonido desgarrador, chirriante, atraviesa el espacio como la hoja de un cuchillo.

También la escena en que le traen a Madre Coraje a Katarina, su hija muda, muerta, es impresionante. Una mujer despliega el acordeón de Katarina; mientras lo deposita en el suelo, junto al cuerpo sin vida de la joven, el instrumento exhala un sopo sordo.

Con un mínimo de elementos, muy simples, Ricardo Iniesta crea imágenes contundentes y poéticas.