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(Remei Miralles) Sencillamente, una obra maravillosa. Poco hace falta cuando dos actores y una actriz interpretan la fugacidad de las ilusiones y el sufrimiento ante el reflejo de su propia existencia como personajes. Las palabras del autor escritas en el programa nos hablan del sentido del título, de la semántica que quiere compartir con los espectadores: “Una hecatombe es un desgarro, una grieta, un movimiento telúrico bajo nuestros pies que pone patas arriba lo que entonces pensábamos, con inocencia, que era verdad. Hay hecatombes individuales y colectivas, pero todas ellas tienen algo en común: cuando todo salta por los aires estamos condenados a entendernos, tanto con los vivos como con los muertos, y lo que es más complicado, con nosotros mismos”.

No se asusten. Nada hay en escena de imágenes que reproduzcan la barbarie del día a día. La que nos acompaña si por casualidad tenemos la radio, la tele o internet a nuestro alcance; o la que nos quiebra la palabra en silencio. En esta obra no hay miedo, queda como un pálpito; sino corazones que templan sus voces en un espacio de frágil equilibrio comunicativo con la realidad. Ecos de una voz humana valiente, asustada y emocionada que el público escucha acompañada de los silencios y de los diálogos descarnados. Asistimos a una representación en la que la palabra se torna imagen poética ya desde el comienzo cuando los actores se presentan ante el público.

La lectura de una acotación al inicio cuando ante el público se muestra el manuscrito, basta para llevarnos al desierto simbólico de una realidad en la que nunca habrá vida. A las siguientes realidades, necesarias para ser personas de carne y huesos, con piel sin esclavizar, tendremos que llegar con nuestras propias capacidades imaginativas. Porque no será la palabra explícita la que nos sugiera la ruta en la que estamos. Nada se explica en esta actuación, nada se encadena por mucho que un actor permanezca atado con una cadena por momentos. Hay libertad de acción en la palabra porque es ella quien crea más bienes y más miseria que la cruda realidad de la actualidad en la que estamos obligados a alimentarnos

En una única escenografía de concepción conceptual, escuchamos tres interpretaciones que en sus palabras y silencios, nos sugieren los hilos invisibles que ciñen a cada uno de los personajes en su particular existencia. El cambio de luces y la vestimenta nos dicen cuándo estamos en un desierto personal esclavizante, en una parcela de trabajo vampírica o en el barro que queda después de que huertas y montañas de fertilidad fuesen devoradas ante el mar como testigo. Paisajes simbólicos e imaginados en esta hecatombe en los que transitamos, al mismo tiempo frente a frente, el público en las butacas y los intérpretes en la escenografía. Unos y otros con una existencia que se refleja, que se desdobla gracias a la luz.

Jordi Pla ha llevado a la Sala Ultramar, del 15 al 18 de octubre, a mucho público hasta agotarse las entradas. No era para menos. Era su estreno en Valencia como escritor de texto teatral a una edad en la que ya acredita treinta años de éxito como profesional de la imagen y de la fotografía. Toda una vida creativa.

Después de fotografiar todos estos años la profesión de la danza y el teatro, de conocer a quienes se dejan la piel en los escenarios, ha querido ver, junto al público, la representación de su primer texto teatral. Y no ha defraudado, en verdad, ante la expectación que se ha venido generando estos días con la noticia del estreno. Un texto que respira al ritmo de los intérpretes, en blanco y negro o con el azul del mar y el verde de la montaña; sin olvidarnos de los dorados rojizos que el sol nos brinda al caminar a nuestros eriales existenciales.

Esta obra se escribió sabiendo quiénes serían los actores y el equipo técnico y artístico. Otro gran acierto. Los actores armonizan gestos y voces con tonalidades contrapuestas y silencios elocuentes. Sencillamente, una magnífica interpretación la de Leo de Bari, Ángel Figols y Cristina García; con la novedad de estar acompañados por  no actores: Laura Bellés y Yolanda García. Sin lugar a dudas, nos agrada que se utilice el término de no actores porque cuando en esta sección decidimos hace tres años crear las no críticas, ignorábamos que en el futuro se hablaría además de la no moda y, ahora, de los no actores. Una ocasión que no vamos a desaprovechar para felicitarlos y para hacer publicidad de la no crítica.

En la dirección y la dramaturgia han cooperado como colectivo por lo que el mérito conseguido se reparte con equidad entre todos ellos.Un diseño de iluminación de Víctor Antón que habla a los actores y dialoga con la escenografía del pintor José Pla. Un espacio escénico hermanado con la palabra para que forme texturas de espejismo,cuando los actores ocupan los espacios habitados y los no habitados.  En el espacio escénico las montañas que envuelven al desierto se verán como una roca prometeica que castiga al personaje, inmóvil e incapacitado. También se verán cuando transitamos por la riqueza de los árboles frutales: esas montañas se extinguirán devoradas por la construcción.

No oímos música, escuchamos la fuerza de los silencios. No tenemos imágenes. En su lugar existe una humilde veneración por la palabra dicha y escuchada en el esplendor de esta hecatombe. Así, como cuando si nuestra existencia se hubiese generado para conocer la realidad, sin más ayuda que nuestra capacidad para saber del valor de la palabra en el mundo en que vivimos.

Víctor Hugo escribió que un poeta es un mundo encerrado en un hombre. No se pierdan esta obra, casi clásica o mítica, porque aquí el mundo carece de fronteras y hace que el tiempo sea ritmo en un reloj vital de luces y arena; o si prefieren, de fractura y duplicación.