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Rafael Calatayud, alma artística La Pavana, una de las compañías valencianas más destacables de nuestro panorama contemporáneo, ha realizado una versión de una de las obras representativas del conocido autor británico Harold Pinter (1930-2008), premio Nobel de 2005. Es el trigésimo montaje de la compañía y no podía haber sido más afortunada la elección de una obra dado que su recreación alcanza momentos sublimes.

‘Escuela nocturna’ (1960) pertenece a una de las vertientes pinterianas conocida como “Teatro de la amenaza”, donde el destino es inexorable y destructivo, pero se permite bromear a los personajes con su situación. Es una de sus obras primerizas. Su argumento es la historia de Walter, un delincuente fracasado, que al salir de la cárcel y volver a la casa de sus dos tías encuentra que su habitación ha sido ocupada por una inquilina que trabaja de maestra… aparentemente. Los personajes mienten para sobrevivir y escapar de los peligros. Pero su realidad oculta está ahí.

Precisamente donde Calatayud se muestra más fiel a Pinter es en sus procedimientos característicos: la elipsis y el uso dramático de la pausa. Porque en realidad la obra está envuelta por un esquema de teatro dentro del teatro, pero “teatro en las ondas”. Un grupo de actores, los que realmente son puesto que se presentan con sus nombres y sus rasgos característicos, se dispone a grabar la obra de Pinter para un programa de radio durante la escena inicial. Pero ante los fallidos intentos para obtener un resultado óptimo, el director (Juli Disla) decide hacer comprender la obra al actor que interpreta a Walter (Bruno Tamarit), y es cuando se inicia la representación del texto de Pinter (respetuoso aunque contenga algunos cambios y adecuaciones a la sociedad del público), a los veinte minutos de iniciada la función. Y, por supuesto, ello provoca que al final se regrese ficticiamente al estudio de la emisora. Irónicamente, el detalle tiene una referencia externa puesto que el autor pensó esta obra para la radio y la televisión, con elementos cinematográficos marcados como la elipsis y el fundido de secuencias, aquí realizado con ingenio por la salida y entrada de actores.

Esta transgresión argumental, además de poseer una enorme fuerza cómica y de presentar a los actores, da pie a que el tono de la representación de Pinter subraye el conflicto entre realidad y mentira, y los elementos absurdos fundidos con la realidad. Porque así lo exigen los numerosos detalles irracionales e incoherentes del libreto original

Ver a tres generaciones de actores valencianos importantes en el escenario es también un gozo. La pareja de tías, Empar Ferrer y Mamen García, es deliciosa y realmente son una “extraña familia” a lo Mihura. Toni Misó está en su línea: es él. Juli Disla con su versatilidad habitual cautivadora, Eva Zapico impresionante y precisa en un papel que hace fácil a pesar de que podría resultarle incómodo, y Bruno Tamarit, una de las grandes revelaciones del joven teatro valenciano, se está convirtiendo en un especializado hipnotizador de espectadores. Un conjunto que merece la pena.

Ahí queda la fabulosa dirección de Rafael Calatayud, en un escenario minimalista apoyado en una pantalla donde se proyectan las sombras de los actores sobre algún fondo, necesarias como ambientación y no sólo decoración, donde por ella anda la colaboración de Patricia Pardo, y una muy eficaz iluminación tendente a la oscuridad de José Martín.

Hasta el pinteriano más purista aceptará gratamente esta versión. No esconde la crítica social inherente a una obra que se deja querer. Quizá la parte final del envoltorio del texto del autor podría tener más énfasis para igualarse a la inicial. Merece la pena este trabajo. La Pavana, genial como siempre.