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Remei Miralles

La amistad de Lola López con Paca Aguirre le ha permitido enfrentarse a dirigir, interpretar y teatralizar la poesía de su tan admirada amiga. Aunque llevan años pensando esta idea, ha sido en este 2016 cuando estas dos mujeres han señalado la fecha del estreno de este montaje, que ha contado con la intervención de nuestra premiada poeta Premio Nacional de Poesía 2011, a sus recién cumplidos ochenta y seis años.

No es la primera vez que colaboran juntas para la escena, porque Lola López ya contó con la poesía de Paca Aguirre para escribir María la Jabalina, la obra que ha dirigido y sigue interpretando en la actualidad, incluso en Argentina, para visibilizar y recuperar la memoria histórica de la joven miliciana del Puerto de Sagunto, condenada a muerte y fusilada en Paterna, en 1942.

La poesía y la vida de memoria de Paca Aguirre ha llegado al escenario de tierras valencianas, por primera vez, gracias a la perseverancia de Lola López, tras varios años de confidencias literarias. En junio se estrenó una lectura dramatizada de su poesía, en el teatro romano de Sagunto; pero es ahora, en este estreno en la sala Matilde Salvador cuando se muestra por primera vez como un montaje teatral, para el público amante de la poesía y del teatro. El día del estreno el público era de los agradecidos, de los que valoran la vida de quienes han escrito todo, con sobriedad, sin el odio y sin el resentimiento, para crear una memoria colectiva en la cultura del país, pero con una conciencia irreconciliable con la barbarie que se tuvo que sentir en los años de guerra y posguerra, en el momento en que al padre de Paca Aguirre, el pintor Lorenzo Aguirre, lo condenaron a muerte, y fue asesinado a garrote vil en 1942 cuando ella, la mayor de las tres hijas, tenía once años:

Cuando mataron a mi padre

nos quedamos en esa zona de vacío

que va de la vida a la muerte,

dentro de esa burbuja última que lanzan los

ahogados,

como si todo el aire del mundo se hubiese agotado

de repente.

Por más que la diferencia de edad entre ellas y los contextos familiares hayan sido muy diferentes, cabe suponer que los recuerdos de la familia de Lola la motivarían a hacer realidad este proyecto, porque a su abuelo materno lo condenaron también a muerte, pero a él no lo mataron. Una historia que se relata en María la Jabalina. Por ello no nos sorprende que el sufrimiento que desata la injusticia las ha hermanado en estos proyectos. Porque la templanza en los momentos trágicos, sobrevivir hasta llegar a encontrarse con la felicidad de la vida, de los recuerdos de la infancia, de las ilusiones… es la apuesta de este montaje poético intimista, en el que la música y el audiovisual acompañan a la actriz Lola López en la interpretación de la poesía de Paca Aguirre.

La guitarra del poeta y músico Marcos Neroy, alias de Vicente Marcos Abad, es quien inicia el ritmo dramático de la obra, y sus canciones lo sostienen como un diálogo ininterrumpido que se contrapone y se complementa, al mismo tiempo, con las imágenes del audiovisual y con la actuación. Además sus canciones amplifican los recursos teatrales que se proponen en esta dramaturgia, ya que el lenguaje poético se acompaña del lenguaje narrativo imprescindible para contarnos la actitud de Paca Aguirre ante la vida. Con un estilo muy personal Neroy ha compuesto la música para los poemas de los diferentes autores y autoras que configuran este proyecto escénico, algunos tan conocidos como los versos de Antonio Machado que en nuestro imaginario van asociados a Joan Manuel Serrat, pero con los que ha logrado que los escuchemos como nuevos en otras melodías. Junto a ellos interpreta un amplio repertorio de canciones con los poemas de Emily Dickinson, César Vallejo, Rafael Alberti, Quevedo, Sor Juana Inés de la Cruz y tres sonetos de Paca Aguirre. Verso y ritmo de guitarra, contrapuesto e imprescindible.

A su vez, la imagen de Paca Aguirre se convierte en protagonista cuando la oímos y vemos en la pantalla. Unas imágenes integradas a modo de conversación con los poemas que interpreta Lola López, de tal forma que se consigue, en el escenario, una presencia inmediata de las palabras que destilan una existencia comprometida con la verdad como belleza:

                    Papá, perdimos tantas cosas

además de la infancia y los trescientos escalones

que tú pintaste.

Nunca he sabido si para decirnos que había

que subirlos o bajarlos.

Y ahora pienso, desde tu mano que me ayudaba a

recorrerlos,

que tal vez me dijiste entonces que había que

subirlos y bajarlos.

Y para eso los pintaste.

Y para eso pasaste días enteros

pintando una escalera interminable,

una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,

llena de luz y amor,

una escalera para mí,

una escalera para que pudiera subir,

vivir,

y una escalera para descender, callar,

y sentarme a tu lado como entonces.

Si bien en ningún momento se ha pretendido una linealidad cronológica en el audiovisual, por la manera de haber sido organizado, lo cierto es que las imágenes nos permiten unir el tiempo de rupturas con mucha facilidad, como si estuviésemos en un pasado reciente o en un presente atemporal, porque los enfoques son múltiples cuando la vejez convive con la infancia y ésta con la madurez. Las imágenes le permiten al público compartir la fuerza de la verdad de una vida, organizada en diferentes ejes temáticos como son: infancia, palabras, vida, amor, arte y encendidas. Y es solo en el momento de estar llegando al final, cuando cobra un sentido preciso el porqué del título y el porqué del cartel en el que se contraponen las imágenes de la infancia y de la madurez de estas dos grandes amigas.

Por el contrario, sí se refuerza la idea del paso del tiempo en la interpretación de Lola López, porque la temática de los poemas lo sugiere, así como los cambios de vestuario y los diferentes lugares escénicos en los que transita para marcar con versatilidad las diferentes tonalidades de sentimientos, muy logradas y con la complicidad de las luces, como cuando interpreta casi al final el poema de Félix Grande, Vengo a pedirle la mano de su hija, y estos otros versos del poema Orden, al poco de comenzar:

Deberíamos hacer algo que no fuera morir,

pero a menudo se nos viene la muerte tan callando

que hasta pasado un tiempo no sabemos

que estamos habitando nuestro propio cadáver.

Si nos hubieran advertido,

si un gesto por lo menos nos hubiera indicado

la descomposición que nos poblaba,

tal vez hubiéramos luchado contra el lento enemigo,

pero había un silencio como el orden,

un retirarse para volver luego,

un fluir de marea mesurada,

nadie nos quiso dar la mala nueva,

nadie quiso advertirnos del desastre.

Aunque nos pueda parecer que hay un predominio del sentimiento trágico de la vida, no llega a ser del todo cierto, puesto que lo que más conmueve al espectador no es el sufrimiento, sino la capacidad humana para afrontarlo con dignidad, amor, ironía y conocimiento. Una experiencia que se comprueba cuando al final Paca Aguirre ocupa la silla vacía de la escenografía, situada en el centro y muy cerca de la pantalla en la que la hemos visto contarnos las historias, para recitarnos un poema con el que acaba este montaje escénico. Momento de sorpresa en el que pudimos comprobar la sutil sugerencia de realidad que habíamos estado presenciando en la pantalla. 

Una apuesta valiente por recuperar la memoria de las mujeres en el escenario, por legarnos una poesía desconocida para muchos y, sobre todo, con el acierto de contar con Paca Aguirre y Guadalupe Grande para leer sus poemas, porque así el teatro se convierte además en un testimonio que compartir con el público, ya que nuestra poeta Premio Nacional se ofreció a dialogar con los espectadores y a contestar a sus preguntas, con respuestas sencillas de humor, emoción y mucha generosidad.

Gracias, Lola, por mantener este proyecto, por habernos dado la oportunidad de conocer una vida en el teatro. Porque es entonces cuando recuerdas las historias de tantas familias, y piensas que compartirlas en la escena es el mejor homenaje frente al silencio, el olvido y el desconocimiento.