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Antonio Espejo Trenas 

Que un espacio como la Sala Ultramar se anime a establecer una convocatoria de residencia teatral es ya, de por sí, una excelente noticia. De entre todas las modalidades posibles, al margen de las interesantísimas iniciativas que se vienen desarrollando en nuestra ciudad en los últimos años, apuesta la sociedad ultramarina por la promoción de la escritura dramática. Admirable. Al tiempo, si la ganadora de esta primera edición es una dramaturga de probada competencia como la alturana Mafalda Bellido, debemos felicitarnos abiertamente. Por desgracia, ni ésta ni otras plataformas creativas van a solucionar, al menos en un futuro inmediato, la depauperada realidad de la creación escénica. Sin embargo, el presente certamen responde a un cometido nada desdeñable: hacer llegar al público una muestra, a todas luces sobresaliente, del taller literario de la escritora castellonense. Vivimos tiempos marcados por una reacción obstinada contra la auténtica profesionalización del hecho cultural, y no por ello cesan de surgir, con decorosa insistencia, prodigiosos destellos de creatividad e imaginación. Semana tras semana, se obra el milagro en algún rincón cerca de nosotros.   

De entrada, estamos ante una propuesta ciertamente particular, basada en un proceso compositivo secuenciado en varias etapas. En primer lugar, el texto merecedor del galardón, Pavesas, que constituye el esbozo del proyecto. Más tarde, la presencia del competente tutelaje de Xavier Puchades, que, ante todo, determina poderosamente el remate de la obra (no es invención, así nos lo señalan diversos comentarios al respecto en la red). Sin restar mérito a la capacidad de la autora, cabe plantearse hasta qué punto no se trata de un espectáculo consolidado gracias al encuentro de ambas personalidades, el producto del diálogo enriquecedor de dos dramaturgias reunidas en torno a un lugar concreto. El resultado, sin duda, es poderosísimo, como ya pudimos comprobar en la lectura dramatizada que antecedió a la première.

Por encima de otras consideraciones, el drama de Bellido se enmarca a la perfección en la línea convergente del teatro de la memoria, al igual que su estremecedora pieza Yo maté a Carmencita Polo, muy próxima en el tiempo. En esta ocasión, no veremos en escena a la inocente muchacha agazapada detrás del expositor de una joyería, al ángel vengador que aspira a subvertir el curso de la historia con su sacrificio, sino la relación de una tragicomedia familiar (aquí se unen las definiciones genéricas de ambos textos). Del transgresor lenguaje de la ucronía pasamos ahora al de lo cotidiano, donde dormitan derrotas y traiciones, sin caer en ningún instante en el sentimentalismo vacío de otras experiencias de ficción. La habilidad de Bellido para dilucidar con sutileza la madeja de los vínculos sentimentales existentes entre los cuatro personajes representa una de las virtudes más destacadas del montaje, valor que ayuda a mantener intacta la tensión dramática hasta el final.

Un par de columpios se mueven solitarios en el centro de la escena, en mitad de un horizonte campestre. Silencio. De improviso, la exultante voz de una reportera de la televisión valenciana (¡qué lejos queda aquello!) nos anuncia la llegada de la lluvia, «la lluvia de la esperanza», la providencia necesaria para la extinción del desastre en Llíria. La comunicación de la brigada forestal del Pico del Águila establece un enlace temporal entre este presente reconocible y el ayer que todavía no adivinamos. Un anciano de talante iluminado escucha el discurrir de las operaciones y articula un discurso incoherente. Es el imposible defensor de una línea de combate que ha dejado de existir. Cuando Belchi, su hija, acude al lugar, se apresta a responder, de manera cómplice, a los requerimientos del viejo. Entonces, el hombre (un genial Juan Mandli, que cede con prudencia una parte de su protagonismo en el tablado a favor del resto del elenco) se convierte en líder de una actuación que tiene como verdadero objeto el homenaje de despedida a las Brigadas Internacionales en 1938. «Ensayar es de cobardes». Algo empieza a tener sentido. Un silbido rompe la magia del momento y se vuelve a la ruin actualidad de los efectos del incendio.

El diálogo subsiguiente entre Belchi y Lídice perfila el marco en que se han desarrollado las relaciones familiares en los últimos años. La primera hermana, alejada del hogar, dentro del rutilante universo de la alta política valenciana; la segunda, en el oscuro trajín del cuidado del padre y el legado del clan. ¿Es necesario, a estas alturas, rememorar que sus propios nombres remiten a sendos topónimos adscritos a las barbaries franquista y nazi? También el de [Guer]Nika, la gemela desaparecida que se proyecta inquietantemente en las evocaciones de la asesora popular. De forma muy inteligente, el choque personal entre las hijas nos plantea el asunto de la renuncia ética respecto al estado de la propia identidad. Si lo circunscribimos a Belchi (representada espléndidamente por Begoña Tena), se centraría en la mujer de éxito que huye con superficialidad de los hidratos de carbono y el tabaco, pero que esconde en sí un desclasamiento ideológico demasiado común en nuestros días, que suele conducir a la alienación de la propia ascendencia.

En adelante, la aparición de Fontán hace posible el primer paso de Belchi hacia su transformación. Desde un peldaño más bajo en el tortuoso andamiaje del poder autonómico, el joven enhebrador de discursos (que tiene en el poeta de El espíritu de Cernuda de Juan Mayorga un egregio precedente) se mueve entre la manipulación de la palabra lírica y una ingenuidad no fingida que acabarán por enamorar a su superiora, hastiada por entonces de la insostenible relación con el comprometido Miralles. Como es costumbre en él, José Zamit logra recrear, con destacada convicción, la personalidad en sombra de una figura no demasiado explotada en la escena actual.

Una ausencia decisiva en el plan del drama es la de la madre, quien regresa momentáneamente a la vida gracias al concurso de Lídice, en un magnífico desdoblamiento escénico a cargo de Amparo Oltra. «El fuego purifica», como ocurre con la memoria y la experiencia. En efecto, los personajes (como el público que los observa) comparten de inmediato las sensaciones de juventud que sugieren los temas de Tahures Zurdos, Duncan Dhu, Bravo o Madonna. Más aun, la música no constituye el único elemento clave en la creación de la atmósfera de la obra, puesto que no menos importante es la aportación de la luz, con una paleta cromática que fluctúa entre la brillante calidez de las escenas diurnas y el cromatismo cian de las nocturnas.

Esperamos que el proyecto galardonado en la segunda edición, correspondiente a Sonia Alejo, se equipare próximamente a la magnífica experiencia planteada por Mafalda Bellido, y que la llama de la memoria siga intacta para un texto teatral que merece más de una reposición.