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Ara Pacis

Pasqual Mas

Los acercamientos de Xarxa Teatre al pacifismo no han sido pocos. Si ya en  1991 —excluyendo El·lisístrata (1989) por ser “de sala”— aprovecharon el carnaval para escenificar Ice Project contra la guerra y en 2002 representaron en gira Tombatossals, que proclamaba la inutilidad de la fuerza centrada en una conquista caprichosa alentada por una princesa no menos voluble, desde 2012, el “Proyecto Ara Pacis” no ha hecho más que implementar un mensaje antibelicista, refrendado en 2015 con Soldados por la paz en Bogotá, que ha fructificado en esta Ara Pacis II en la que la se deja ver la impronta madurada de un espectáculo escénico de construcción arborescente. 

En efecto, el proyecto —con el nombre de Ara Pacis—  nace auspiciado por tres sedes diferentes, la del Festival de Morges (Suiza), la del Festival de Teatro Cervantino de Guanajuato (México) y el Viva Cité de Sotteville (Francia), lo que ha propiciado que este espectáculo de calle de gran formato vaya cuajando hasta demandar una revisión, cuyo nuevo “producto”, fiel al mensaje del precedente, ha ensamblado los elementos escénicos con mayor acierto y cohesión. Y a esto hay que añadir la reciente evolución del espectáculo en el SuwonFortress de Suwon (Corea del Sur) donde se le han dado los últimos retoques a un espectáculo que ahora, en Vila-real, ha comenzado su formato en gira.

Seguidor como soy del Teatro de Calle y de este grupo en particular, he tenido la oportunidad de ver sus obras en diversos continentes. En el caso de esta, con unos años de diferencia, he seguido su evolución  hasta llegar a Vila-real —festival decano de teatro callejero precisamente creado por Xarxa Teatre—, con la versión definitiva de este púlpito escalonado por la paz.

El título de la obra hace referencia a los altares que construían los romanos tras sus enfrentamientos bélicos con el fin de celebrar la victoria y para pedir a los dioses que no les abandonaran y se perpetuara la paz. El altar, claro está, permanecía lo que duraba el contraataque de los perdedores o de los nuevos invasores. Armarse hasta los dientes para conseguir la paz; lo que en latín viene a ser “si vis pacis, para bellum”. Curiosamente las dos últimas palabras forman el nombre de una pistola, la “parabellum”, conocida también como “luger” en referencia a su diseñador. ¿Cómo no entender la carrera armamentística de hoy si el asunto viene de siglos?

Xarxa Teatre propone en Ara Pacis II la escenificación progresiva de una metamorfosis que corroe al ser humano, empecinado en su terquedad primitiva de marcar territorios y sometimiento del prójimo. Quizá por ello, ante el candor de una civilización mecida por el sosiego fructífero de la agricultura, la obra iza la musculatura engrasada de la guerra, pasaje que recuerda el sometimiento de unas civilizaciones por otras en Ibers (1990), pero mucho más el de unas gentes de guerra que atacan a otras que navegan para vivir en Veles en vents (1994), su primera gran producción internacional.

Ara Pacis II comienza con una procesión ceremoniosa de apertura que recuerda los “cirialots” del Corpus valenciano, pero pronto se rompe la liturgia sosegada y rígida porque, de súbito, se entra en una ambientación bucólica en la que lo rupestre accede a un colorido arcádico alimentado por un fuego benéfico y alimenticio, que es celebrado como un final de cosecha. Como si de un poderoso flashback que nos situara antes del Guernica picassiano, se hacen reconocibles títeres de mejillas sonrosadas acompañados de música de fiesta y bailes de verbena.

Pero la mecánica de guerra cercenará la felicidad con llamaradas (antes eran chispas como carruseles),  con ruidos sincopados y con material industrial que patentizan una amenaza que convierte las danzas en huidas a la carrera desesperada. El miedo se apodera bajo el tableteo de las ametralladoras y un quejío flamenco se enmarca frente a un fondo que no es otro que, este sí, el Guernica del pintor malagueño. El tránsito de una esfera a otra se realiza a través de una confusión de banderas y de música que si bien en un principio hacen pensar en un momento lúdico, poco a poco se convierten en ceremonia de la confusión y, finalmente, en presión coercitiva y angustiosa. El tránsito se acentúa con la marionetización de los personajes y, a destacar, con la música de Samuel Parejo que, pasando por notas de la Internacional, lleva de los compases danzables de fiesta a la marcha militar.

A este grupo hay que regalarle la palabra piroscenia porque es el que mejor ha sabido tratar el fuego como elemento escénico, deliberadamente alejado de ser un mero recurso “decorativo” y hueco que tanto desvirtúa el mensaje teatral en algunos grupos. Aquí, tanto el sonido, la iluminación, como el fuego van más allá de la ambientación, pues su uso adquiere una virtualidad escénica que, en este caso, se polariza en dos esferas, la de la paz (color, chisporroteo de celebración, música bailable) y la de la guerra (blanco y negro, llamaradas, cañones deslumbrantes y ruidosos).

En este caso, la itinerancia no solo se ve reducida a la de los elementos móviles, tanto a los de carácter actoral (marionetas) como escenográficos (armas), sino que, rompiendo la visión frontal, Xarxa Teatre inunda brevemente el espacio del espectador en una procesión —cuyo apoyo antropológico se sitúa en las romerías— coreografiada tanto con pasos folklóricos como con gestos tribales.

Por último, para “disfrutar” de la catarsis con el Guernica de Picasso de fondo, como siguiendo las recomendaciones de Valle-Inclán, se echa mano de la escenificación del “Duelo a garrotazos” de Goya para convertir la obra en una celebración del esperpento a la que los personajes asisten con los ojos vendados a la cancelación de un mundo consumido por la tragedia.