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DANZAR FUERA DEL REBAÑO

Antonio Espejo Trenas

A-Normal o La oveja errante de La Siamesa. Dirección artística: La Siamesa. Interpretación y Coreografía: Ángela Verdugo. Texto: Ángela Verdugo y Xavier Puchades. Coordinación dramatúrgica: Xavier Puchades. Acompañamiento coreográfico: Rocío Pérez. Espacio sonoro: varios autores. Audiovisuales y Vestuario: La Siamesa. Atrezzo: Víctor Bonet. Fotografía: Mercedes Herrán. Carme Teatre de València, 14 de enero de 2018.

Una de las formas recurrentes para vencer la fatídica provisionalidad de los nuevos espectáculos en la cartelera valenciana se basa en las reposiciones que, más o menos justificadas, proyectan la vida de los artefactos teatrales más allá de una semana. No por lógica y consecuente deja de tener un gran mérito la decisión de Carme Teatre de recuperar el proyecto del que hablamos. Al margen de su excelente presentación durante la pasada temporada, no hay duda que la propuesta de La Siamesa sigue convenciendo al público y llenando la sala de la calle Gregorio Gea.

Hablar de La Siamesa supone fijarse en la carrera de su artífice, Ángela Verdugo, quien desde 2006 nos ha ofrecido un conjunto de piezas que, en sus palabras, superan «los límites de la creación, a la búsqueda de un lenguaje libre». Esta poética anticonvencional exige que «la escena no sea un mero ejercicio estético». De hecho, al igual que encontramos en Lithium y otros tantos montajes, la palabra y el movimiento conviven hermanados en una solución armónica y carente de artificio, que en este caso cuenta con la participación en la faceta dramatúrgica de un autor más que reconocido en nuestras tablas como es Xavier Puchades.

De entrada, la relevante carga simbólica del espacio se concreta gracias a la íntima conexión entre lo sagrado (¿supersticioso?) y lo profano, en un equilibrio dialéctico no exento de humor. Cuatro figuritas marianas, resignificadas por una iluminación sorprendente, acotan el plano interpretativo. Dentro de sí, dos objetos predisponen el movimiento y las evoluciones escénicas, mientras el decorado de fondo dibuja un imaginario familiar de peregrinaciones, adocenamiento burgués y beatitud. La ruptura visual está representada por sendos abrigos lanudos, que actúan como una audaz metonimia de la singularidad de la protagonista y otorgan una coherencia específica a la fábula elegida (entiéndase esto, claro, en su sentido zoológico). Nos referimos a la prenda que origina el hábil ejercicio con el que arranca el espectáculo y también a la pequeña chaqueta que levita constantemente en el eje de la escena, centro decisivo del desarrollo del discurso y la acción teatrales.

En ningún instante la obra abandona el cauce de una excepcional tensión expresiva, afianzada por un ritmo vibrante que pone a prueba las sutiles correspondencias entre la danza y el sonido, así como las sólidas capacidades físicas de la intérprete. La versátil conexión entre música y cuerpo fluye sin obstáculos, impulsada por una selección heterogénea que incluye partituras tan universales como la Danza del sable de Khachaturian. Todo con el fin de suscitar en el espectador una evocación decididamente real de los fragmentos que jalonan el itinerario común de la existencia. Un camino, eso sí, que implica «aceptar la mierda sin formar parte de ella», y como se establece a continuación, luchar por un cambio integral: «este mundo debería ser de todos; de todos o de nadie».

A nivel textual, el elemento que funciona como interludio de todas estas excepcionales variaciones reside en el asunto del relato de la oveja desaparecida, matriz temática que, a tenor de lo que se señala en el propio montaje, «se cuenta para tener tiempo». Por ello, a los personajes de cariz biográfico que deambulan por la ficción habría que sumar el propio tiempo, el numen que condiciona poderosamente nuestro conocimiento del mundo y el modo de encarar las relaciones con el resto del universo. En los límites de esta memoria personal, el ejemplo dramático se conforma alrededor de un acto de aprendizaje donde la madre instruye a su hija en el oficio del vivir, con unos referentes culturales iconoclastas que colisionan frente a la anodina conformidad de los pacíficos integrantes de la tribu. No se trata, sin embargo, de una lección sin lección, sino de la posibilidad de una experiencia intransferible que haga menos cruel el trance del devenir.

A pesar de que el rebaño no deja de estar «muy concurrido» en los tiempos que corren, ello no significa que debamos abandonarnos a la voluntad de aquellos que lo esquilan y pastorean. Según el iluminador juicio de La Siamesa, siempre existe un camino hacia rutas nunca antes exploradas, hacia la expectativa de lo inédito. «Avanzad, ovejitas, avanzad…»